Septiembre - Diciembre 2002
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Cine mexicano de los años 90
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De las esperanzas de una nueva generación

El fenómeno más notable de los años 90, es la nueva generación de cineastas que con mucho ímpetu conquistó las pantallas de cine. Se formaron en las dos escuelas de cine más importantes, el CUEC (de la Universidad Autónoma de México), y el CCC (del Instituto Mexicano de Cinematografía), o hicieron sus primeras experiencias en la televisión comercial, algunos incluso con telenovelas.

Nicolás Echevarría proviene del cine documental etnológico y rodó con Cabeza de Vaca (1991) el filme de debut más excitante de los primeros años noventa. En su fresco histórico sobre la época de la conquista española, crea mundos de imágenes grotescas a partir del choque entre el chamanismo indígena y el racionalismo europeo.

Mostrar la ambivalencia de la vida moderna en la ciudad en medio de una sociedad anclada en tradiciones y estructuras familiares rígidas, es tema central para muchos realizadores jóvenes. Francisco Athié, por ejemplo, no encuentra ningún sector íntegro en la sociedad de su película de debut Lolo (1992), sólo explotación mutua, corrupción y terror.

Hugo Rodríguez, en su primer largometraje En medio de la nada (1993) descubre nuevas perspectivas en el antiquísimo sujeto fílmico de la toma de rehenes y lo vierte en una obra de teatro íntimo, psicológico, sobre la solidaridad humana frente a la violencia ciega. Uno de los estrenos más insólitos de los años 90 corresponde a Carlos Marcovich con ¿Quién diablos es Juliette? (1997), donde nos relata una de estas historias que escribió la realidad y que al mismo tiempo son ficción.

Roberto Sneider realizó en Dos crímenes (1995) una adaptación fílmica de una conocida novela de Jorge Ibargüengoitia, demostrando con ello su excepcional talento para el espinoso género de la comedia, en la cual logra darle el tratamiento sutil que se merece un argumento literario.

Perfectamente, un novato puede lograr un éxito comercial y puede para ello elegir caminos muy variados. Prueba de esta aseveración son Antonio Serrano con Sexo, pudor y lágrimas (1998) y Alejandro González Iñárritu con Amores perros (2000). Serrano juega con los clichés de la película pornográfica logrando mediante este recurso el éxito taquillero de los 90. Por su parte, González Iñárritu muestra cómo la violencia corrompe las capas sociales y cómo la crueldad de las condiciones de vida puede ser expresada en un lenguaje formidable y, a la vez, angustioso de imágenes.

En los años 90, las mujeres se consagraron definitivamente como realizadoras en el cine mexicano, algo que sólo una década antes no era nada natural. Su representante más importante es María Novaro. El roadmovie Sin dejar huella (2000) se convirtió para ella en una aventura fílmica y en un viaje de exploración de la propia identidad.

Incluso películas políticamente explosivas como La ley de Herodes (1999) de Luis Estrada encuentran hoy día su chance. Cofinanciada por el Instituto Mexicano de Cinematografía IMCINE trata la corrupción, usurpación del poder y doble moral de políticos mexicanos. Hace un par de años una sátira política de esta naturaleza hubiera fracasado ante la omnipotencia del partido gubernamental de la época, el PRI.

Peter B. Schumann

Una programación de la Asociación Amigos de la Cinemateca Alemana en colaboración con IMCINE y la Casa de las Culturas del Mundo.


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